¿Por qué los hijos reaccionan con irritabilidad e impaciencia ante los signos de que los padres se hacen mayores?

Hace unos días encontré esta carta en internet y me llevó a escribir una reflexión que quiero compartir con vosotros. Probablemente algunos ya hayáis leído esta carta y seguramente os haya emocionado tanto como a mí. Seguro que también muchas madres se sentirán muy identificadas con lo que esta madre le pide a su hija ya que pueden llegar a sentirse igual salvo que nunca llegan a expresarlo.

Carta de una madre a su hija:

 "Mi querida hija, el día que me veas vieja, te pido por favor que tengas paciencia, pero sobre todo trata de entenderme. Si cuando hablamos, repito lo mismo mil veces, no me interrumpas para decirme “eso ya me lo contaste”, solamente escúchame por favor. Y recuerda los tiempos en que eras niña y yo te leía la misma historia, noche tras noche hasta que te quedabas dormida. Cuando no me quiera bañar, no me regañes y por favor no trates de avergonzarme, solamente recuerda las veces que yo tuve que perseguirte con miles de excusas para que te bañaras cuando eras niña... Cuando veas mi ignorancia ante la nueva tecnología, dame el tiempo necesario para aprender, y por favor no hagas esos ojos ni esas caras de desesperada... Recuerda mi querida, que yo te enseñé a hacer muchas cosas como comer apropiadamente, vestirte y peinarte por ti misma y como confrontar y lidiar con la vida... El día que notes que me estoy volviendo vieja, por favor, ten paciencia conmigo y sobre todo trata de entenderme... Si ocasionalmente pierdo la memoria o el hilo de la conversación, dame el tiempo necesario para recordar y si no puedo, no te pongas nerviosa, impaciente o arrogante... Solamente ten presente en tu corazón que lo más importante para mí es estar contigo y que me escuches... Y cuando mis cansadas y viejas piernas, no me dejen caminar como antes, dame tu mano, de la misma manera que yo te las ofrecí cuando diste tus primero pasos... Cuando estos días vengan, no te debes sentir triste o incompetente de verme así, sólo te pido que estés conmigo, que trates de entenderme y ayudarme mientras llego al final de mi vida con amor... Y con gran cariño por el regalo de tiempo y vida, que tuvimos la dicha de compartir juntas, te lo agradeceré... Con una enorme sonrisa y con el inmenso amor que siempre te he tenido, sólo quiero decirte que te amo, mi querida hija...   Tu mamá.


¿Por qué la mayoría de los hijos reaccionan de manera exasperada, impaciente o soberbia con sus padres cuando éstos se hacen mayores? Para mí, la respuesta es sencilla: NEGACIÓN.

La negación es uno de los mecanismos de defensa más comunes que consiste en rechazar aquellos aspectos de la realidad que se consideran dolorosos o amenazadores. La persona se opone a reconocer la existencia de experiencias desagradables, de las que se es consciente, para protegerse. En este caso, la negación de que los padres se hacen mayores.

Aunque todo lo que escribo a continuación realmente es aplicable a padres y madres, hago referencia a las madres ya que esta reflexión está inspirada en la carta de esta madre.

Desde que nacemos, nuestra madre es la persona que nos proporciona desde lo más básico a lo más complejo; desde el alimento y el cobijo, hasta la comprensión y el amor incondicional. Es ella la que nos presenta a la vida y nos ayuda a desarrollar una amplia gama de estrategias para que nos adaptemos a ella. Es nuestro principal pilar, nuestra fuente de seguridad, ya que para nuestros ojos no hay ser más perfecto, más bonito, que sepa más sobre todas las cosas, que conozca la solución a todos los problemas y si éste no la tiene, no importa, con sus abrazos y una mirada tierna todo vuelve a estar bajo control.

La respuesta más frecuente que dan los niños ante las preguntas de: ¿quién es la más guapa del mundo? Es mamá; ¿cómo quieres ser de mayor? Como mamá...(el motivo de algunas niñas es para casarse con papá pero esa mención especial al amor a los padres la dejamos para otro post, prometido).

Los adultos decimos "ojalá pudiera parar el tiempo, sentir por unos minutos que nada de lo que me preocupa está pasando y olvidarme del mundo", ese es el efecto que producen los brazos de una madre en un niño.

Crecemos con la seguridad de que hagamos lo que hagamos, ella está detrás para compartir nuestras alegrías, aplaudir nuestros logros, acompañarnos en nuestros fracasos (y quitarles importancia) o secarnos las lágrimas con una sonrisa mientras su corazón se rompe de dolor al vernos tristes. Las madres son especialistas en enmascarar sus emociones para transmitir en todo momento control, calma y equilibrio. Especialistas en permitirnos vivir una infancia rodeada de ilusiones, fantasías, cuentos de hadas y despreocupación, mientras ellas se baten día a día con la vida real sin hacernos partícipes de ello para que en nuestro rostro se siga reflejando una mirada infantil llena de inocencia y entusiasmo.

Las madres se convierten en nuestro epicentro por cubrir todas nuestras necesidades y por las numerosas facetas que desempeñan, que las convierten en personas imprescindibles a lo largo de toda nuestra vida:  cuidadoras, compañeras, consejeras, protectoras, confesoras, enfermeras, asesoras, cómplices incondicionales y otras 57 facetas más que ya os dejo para vuestra propia reflexión.

Por todo esto, cuando uno crece y comienza a darse cuenta de que las madres (los padres en general) ya no son tan infalibles, tan agiles en sus respuestas o ya no pueden solucionar nuestros problemas de adulto con un abrazo, sentimos que nuestro pilar se tambalea y que esa seguridad que manteníamos, poco a poco va cambiando. Con el paso de los años son ellos los que comienzan a necesitar a los hijos, a considerarnos más sabios, a pedirnos consejos, a compartir sus inquietudes y esas emociones que de niños nos ocultaban. Empezamos a conocer a nuestros padres de una forma muy diferente, de tú a tú y la relación se va invirtiendo convirtiéndose en algo maravilloso también pero muy diferente a lo que conocíamos hasta entonces. Es un proceso natural que no todo el mundo encaja igual ya que interpretan que pierden toda esa protección y esa seguridad que se siente cuando crees que tus padres son los "superpadres". Ahí es donde entra la negación y la conducta manifiesta de exasperación o irritación ante estos cambios, por la frustración que supone ver que se producen cambios en algo que considerábamos estable y perenne.

A algunas personas les cuesta aceptar que sus padres necesiten más tiempo para realizar algunas tareas, que no comprendan a la primera algo que se les explica, que pregunten cosas obvias o que lo hagan en repetidas ocasiones o que se equivoquen en algo que para ti es de perogrullo. Estos detalles son signos de que los años van pasando y las capacidades cognitivas se van fatigando y esto asusta a muchos hijos porque se enfrentan con la realidad de que sus padres se hacen mayores y no pueden cumplir 100% el perfil inicial, sin mencionar el miedo a perderlos, lo cual va implícito en el hecho de no aceptar que la vida avanza sin avisar. El dolor que les produce asumir que sus padres no hacen las cosas tan bien como antes o van perdiendo facultades, les lleva a negar la situación y reaccionar con hostilidad o turbación ya que no son capaces de gestionar su frustración ante lo inevitable. Ese mecanismo de defensa les lleva a preferir enfadarse con ellos por tener que explicar algo por tercera vez, que asumir que ahora necesitan más tiempo (y cariño) porque se están haciendo mayores. Les resulta doloroso aceptar la idea de que ahora las tornas se invierten y son los hijos los que tienen que cuidar a sus padres, puede ser por egoísmo (pasar de cuidado a cuidador no es fácil) o por la tristeza que les supone ver como la vida va estrechando el círculo.


Fuente: Libertad Calles.

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